De Libros, Lectores y Otras Rarezas
Todo un suceso la VIII Feria del Libro Usado y Antiguo.
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JORGE BATIZ
En el País
19 / NOVIEMBRE / 2017
Cuento Semanal
El Lector un Bicho Raro
Dios me Recomendó Leer...
En un Ratón de Librerías

No importa lo ocupado que piensas que estás, debes encontrar tiempo para leer, o entregarte a una ignorancia autoelegida. Confucio.

El lector es un ser de otro mundo, un bicho raro que se interna en los recovecos de historias a las que no fue invitado pero en las que se insertó como protagonista, el lector es el auténtico héroe de los libros.

Me convertí en lector de sufrir un par de apariciones mágicas como le sucedió al Macario de Bruno Traven, quien tenía como único sueño comerse un pavo entero y cuando se disponía a engullirlo, se le aparecieron en dos eventos distintos el Diablo y Dios.

A mí también se me aparecieron esos dos seres raros, también lectores ellos, cuando estaba a punto de convertirme en lector.

Dios me recomendó que leyera a Og Mandino, me dio un libro llamado Operación Jesucristo, después otros más del autor y siguió proponiéndome libros de superación, de reflexión, en los que me metí con cierto entusiasmo, hasta que, ¡oh bendita aparición!, se apersonó el demonio, me invitó a leer La náusea de Jean Paul Sartre, Crimen y castigo, de Dostoievski, me guió por la senda del bien al darme una lista en la que incluía a autores como Balzac, Tolstoi, Chéjov, Vargas Vila, Nietzsche. Pessoa, Camus, entre muchos más.

Me quedé con el Demonio y le dijo adiós a Dios, del que me alejé por considerarlo una mala influencia.

A medida en que me convertía en un voraz lector, me alejaba poco a poco de la sociedad, me internaba en espacios en donde la soledad de la lectura sería mi forma de vida y los autores mis más fieles amigos.

Me convertí en un ratón de librerías, de las que extraía, la mayoría de las veces, pagando, decenas, cientos de libros que fueron dándole forma a mi biblioteca que en este momento alcanza los tres mil ejemplares.

Al alejarse los amigos, quienes se quejaban de la enfermedad crónica que padecía, como llamaban a mi pasión por la lectura, me hice amigo de todos esos autores que me acompañaban desde que me levantaba, -mi lectura iniciaba en el baño de donde salía con las piernas entumidas hasta que me acostaba, siempre con uno o dos libros recargados sobre los burós.

Pese a tener que luchar en contra de los prejuicios de quienes nos consideraban, -a los lectores-, como tipos raros, que consideraban, -¡Oh maldita ignorancia!-, a los libros como artículos que no sirven para nada, incluso teniendo que esconderme de mi propio padre quien me regañaba por comprar “tantos” libros, mi pasión por ellos nunca ha sufrido mella.

“Abres un libro y aparece un mundo, eso es un libro”, me dijo mi amigo Rafael Pérez Gay.

Como agradecimiento a todos aquellos que me hicieron grandes recomendaciones, incluido el Diablo, doy una lista de mis diez obras selectas, las que quizá me marcaron o me siguen marcando.

1.- Los hermanos Karamazov—Fiodor Dostoievski.
2.- El libro del desasosiego—Fernando Pessoa.
3.- En las cimas de la desesperación—Emil Cioran.
4.- Los miserables—Víctor Hugo.
5.- Don Quijote de la Mancha—Miguel de Cervantes Saavedra.
6.- El conde de Montecristo—Alejandro Dumas.
7.- Crimen y castigo—Fiodor Dostoievski.
8.- La sala número 6—Anton Chéjov.
9.- Un hombre acabado—Giovanni Papini.
10.- La divina comedia—Dante Allighieri.

En la lista faltan algunos títulos que me marcaron como La náusea, de Sartre, libro que me tuvo en vela durante tres días, La caída, de Albert Camus, Silogismos de la amargura, de Cioran, Eugenia Grandet, de Balzac, Rojo y negro de Stendhal, Cien años de soledad, de García Márquez, el Ensayo sobre la ceguera de Saramago, el Pedro Páramo de Rulfo y muchos otros más que sería muy largo enumerar.

Uno de mis grandes amigos fue Germán Dehesa, quien condujo durante varios años un programa muy divertido –José Ramón Fernández lo consideró el más divertido de la televisión-, haciendo pareja con el también escritor, el fumarolo Ricardo Garibay.

Dehesa quien ya colgó la pluma de manera definitiva me dio un texto para la reflexión en torno a la lectura y los lectores que compartiré con gusto.

“Los apóstoles de la lectura dicen que quien no lee, está condenado a la ignorancia.

Esto es falso y cada día lo es más; las vías de ingreso al conocimiento son cada vez más accesibles y variadas. Nos dicen también que la lectura proporciona poder.

A lo mejor antes era cierto esto, pero si contemplamos a la nutrida recua de acémilas maiceras que hoy detenta el poder en el mundo (¡y en nuestro país!), veremos que no es la lectura la que los ha llevado a donde están.

Se afirma que los que leen son personas mejores. Tampoco es cierto; la maldad con bibliografía es terrible. Se afirma que la lectura sirve para algo.

Probablemente esto sea cierto, pero para que lo sea, tiene que olvidar todo pragmatismo y el lector o la lectora tienen que sacarse ya de encima ese resplandor de oropel y hojalata que los ha llevado a creer que, puesto que son lectores, pertenecen a alguna casta divina o superior.

Esto es tan absurdo como pensar que los que entretienen su ocio jugando ajedrez, o criando perros finos, o haciendo yoga pudieran reclamar estatuto de raza superior.

Contra lo que estoy, queridos lectores, es contra el terrorismo que ejercen los lectores en contra de los no lectores. Por supuesto que yo soy lector obsesivo, que yo llevo más de 50 años dedicado a la lectura y que encuentro en ella un método eficacísimo –no el único—de explorar mi corazón y el de mis semejantes y el de la realidad; pero de ahí a suponer que esto me canoniza en vida, hay un trecho que no pretendo recorrer.

Queridos amigos, sigan leyendo pero con espíritu lúdico y sin voluntad de dominio mundial, ni de canonización en vida. Se trata simplemente del puro y hermoso placer de leer”.

Yo no sé qué tanto nos pueda hacer buenos o malos la lectura, o más inteligentes o más brutos, yo nunca he leído con afán de tener poder, de obtener algún beneficio, sino simplemente por el placer que me causa, tampoco he denostado a quienes no leen, aunque me causen una profunda pena.

En mi experiencia como lector, sólo tengo que reconocer que le ha dado este hábito un valor especial a mi vida, y agradezco tanto a Dios, en menor medida, como al Diablo, ante quien me confieso un admirador, por haberme iniciado en este fabuloso mundo de los libros.

Poco antes de terminar la conferencia a la que acudí a la ciudad de Guadalajara, en el marco de la VIII Feria del Libro Usado y Antiguo y que denominé “Libros, lectores y otras rarezas”, inicié un diálogo con los asistentes, quienes destacaron la importancia de la lectura para entrar en comunión con gente que ve más allá de lo trivial, otros lectores hablaron de algunos de sus autores favoritos, destacando a algunos que no fueron mencionados durante mi ponencia pero que realmente valen la pena, casos como el de Herman Hesse, Gustavo Adolfo Bécquer, Cortázar, Joyce, Bocaccio y muchos otros más.

Agradecía ya a las decenas de lectores que se dieron cita en la conferencia cuando vi en el fondo a un sujeto que levantaba la mano con la intención de participar.

El hombre que rondaba las seis décadas de existencia, traía una playera bordada que decía, “Leo, luego pienso, luego existo”.

Al momento en que le cedí la palabra, se encaminó hacia el estrado, apenas llegó lo reconocí, se trataba de mi compadre Tobirio a quien desde hacía varias semanas no veía, y me lo vine a encontrar justo aquí en la Feria del Libro en medio de mi conferencia.

Tobirio me dio un fuerte abrazo y balbuceó una especie de felicitación y acto seguido me arrebató el micrófono.

“Yo no podría explicar lo que me ha dado la lectura de cientos, de miles de libros a lo largo de mi vida, aunque sí sé que me ha formado, me ha hecho ser diferente, ser de esos tipos raros a los que se refiere mi compadre, me ha servido para seguir en el campo de batalla por la vida, de mantenerme siempre dispuesto a dar más de mí, para mí y para los demás, y si acaso he de arrepentirme de algo es de haber perdido mucho tiempo haciendo cosas que no quería, o estando con gente con quien no deseaba pasar ni siquiera un minuto.

Apenas hace unas semanas emprendí una campaña por la educación, buscaba algo mejor para nuestros niños y jóvenes, pero me pusieron un alto y tuve que abandonar el proyecto, al menos por el momento, porque tendré que darle un giro a mi plan, iniciar la guerra desde otro frente.

Recibí amenazas de muerte, que por otro lado me tienen sin cuidado, sin embargo, vi que mientras no se logre inicialmente convencer a padres de familia y maestros de la necesidad del cambio, no tiene sentido enfrentar a las autoridades.

La lectura es la vía, creo yo, racionar en niños y jóvenes el uso de aparatos electrónicos, y una atención más cercana y esmerada en la educación desde los hogares, son las herramientas para partir de cimientos firmes la revolución cultural y educativa en nuestro país.

Tobirio no dijo nada más, se le veía cansado, quizá un tanto decepcionado, desde aquel día en que con gran entusiasmo me habló de sus nuevos planes no había tenido noticias de él, es probable que me dé una explicación más detallada de lo sucedido y de lo que pretende hacer, por lo pronto, yo cerré mi participación, y me dediqué a pasearme entre los stands para buscar algunos libros que llevarme a casa de ahí de la Feria.

Encontré libros que leí de muy joven, mismos que por nostalgia adquirí, compré algunos de filosofía, Montaigne, Kierkegaard y Locke.

Ya con mis tesoros a cuestas, me dirigí a la central camionera para retornar a mi Puerto Vallarta, en donde me espera el mar, en donde espero encontrarme a mi compadre, con quien tengo un diálogo pendiente, en donde tendré tiempo para leer y leer y seguir leyendo In sæcula sæculorum, por los siglos de los siglos.



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