Recordando al “Prieto” Ibarría
Todo un personaje era don Miguel Ibarría González.
www.expresocharro.com
ADAN LEYVA
Puerto Vallarta, Jal.
18 / SEPTIEMBRE / 2017
Entre Piales y Manganas
Entrevista Hace Tiempo
Nació Cerca de Cocula
Y Que en Paz Descanse

Cuando nací, allá en Hacienda de La Sauceda en las cercanías de Cocula, Jalisco, un 5 de octubre de 1928, mi hermano Ramón me llevaba 3 años de ventaja. Ramón nació con la tez muy blanca y mi nana, cuando me vio a mí, pensando en la blancura de mi hermano, dijo: “es hombre también, pero éste está muy prieto…”. De ahí viene mi apodo de “El Prieto” Ibarría, del cual no me avergüenzo pues desde siempre así me han nombrado en mi casa, amigos y conocidos.

El Coapinole.

A los 11 años de edad, mi padre Miguel Ibarría Silva estuvo refugiado en los Reyes, un pueblo minero del rumbo de San Sebastián del Oeste, huyendo de los embates de la Revolución de 1910. Poco después regresó a Compostela, Nayarit, en donde estaba el origen de su padre. Pero por líos de faldas tuvo que huir a Puerta de la Lima, una hacienda muy extensa que administraba Ramón Maisterrena.

Ahí, por su trabajo y dedicación se ganó la confianza de Don Ramón y se convirtió en su guardaespaldas. Con el tiempo, mi padre trabajó por cuenta propia un terreno en las márgenes del río Mascota. Ahí, ya casado, se llevó a vivir a mi madre.

En este lugar nació mi hermano Ramón. Luego mi padre se hizo cargo de la Hacienda de El Coapinole. En ese año Maisterrena le dio a partido una dotación no muy grande de ganado. Así comenzó él la actividad ganadera. Yo llegué recién nacido proveniente de La Sauceda, a la hacienda de El Coapinole.

Hizo justicia la Revolución.

En 1936 mi padre tuvo un impulso definitivo en la ganadería, motivado, paradójicamente, por el reparto agrario. Y es que, la hacienda de La Sauceda fue afectada por ese movimiento promovido por el entonces Presidente de México, Lázaro Cárdenas del Río; por esta causa, mi padre recibió cerca de 1500 cabezas de ganado, de nuevo bajo el sistema de a partido; rebaño que no se podía conservar en La Sauceda por la expropiación de tierras.

El auge ganadero.

El despegue del auge ganadero de mi familia ocurrió en 1936. Para entonces yo ya me hacía cargo de rebaños completos. Teníamos camadas de ganado en un promedio de 1000 por año, con una tendencia a conservar equilibrio de nacimientos entre hembras y machos. La costumbre era retener los novillos hasta cinco años para que llegaran bien a su peso. En cambio, las hembras se conservaban para vientres hasta por ocho años; luego, terminaban en el rastro.

Haciendo cuentas.

Por mi cuenta, hago una pregunta ingenua, ¿cuántos animales tenía su familia? don Miguel, se quita el sombrero, se rasca la cabeza, alisa el bigote y dice en tono divertido…usted parece leído y escribido, saque sus cuentas…, yo no sé, nunca lo supe, sólo le digo que era un animalero.

De cada corte nuevo se seleccionaban los mejores novillos para convertirlos en bueyes. Para lograr este objetivo, los becerros se capan al año de edad y se dejan llegar hasta los cinco años. A esta edad se meten a la yunta hasta por ocho años. La economía agrícola regional fincaba su eficiencia en la fuerza de trabajo de las yuntas de bueyes. Todo el sistema de producción dependía de estos animales.

Ahora, en este instante de la conversación, Miguel parece inmerso en la actividad que practicó por varias décadas. Estamos a la sombra de un árbol frondoso en su rancho, en la cercanía de Mascota. Escudriña el paisaje a su derredor, señala con ambas manos los llanos y lomeríos que tiene a la vista.

Luego, con emoción me dice: imagine usted, manteníamos un promedio de 200 yuntas para renta, con un retorno en cada ciclo de diez hectólitros de maíz por cada una. Pero además, al término de la vida útil, los animales también eran elemento importante en la producción de carne. Cada año había una producción cercana a los 600 animales para carne, entre novillos, bueyes y vacas no aptas para criar. Fuimos, puedo decirlo con orgullo, uno de los proveedores de carne más importantes en el Estado de Jalisco en esos ayeres.

Decaimiento.

Con el devenir de los tiempos las extensiones aptas para la ganadería se han ido exterminando. Son varios los factores que convergen en ese sentido… apunte bien, para que no se le pase ninguno… Para que un rancho ganadero sea productivo, debe tener extensiones considerables de terreno. De 500 hectáreas en adelante son buenos.

En esta región, es decir, en la franja frente al mar que comprende la costa de Jalisco, una hectárea de terreno en buen estado de conservación –con agua, zonas de arbolado y áreas de pastizales–, soporta una carga hasta de una res adulta. Si usted da un manejo adecuado, ese potencial se mantiene de forma indefinida.

El potencial decae con un mal manejo de los agostaderos. Aparecen plantas nocivas que el mismo ganado desprecia, se agotan mantos acuíferos y viene la erosión de suelo.

La Reforma Agraria y el consecuente fraccionamiento de las grandes extensiones de terreno en minifundios, aunado a la aparición de tractores, acabó con la producción de la ganadería en la región de la bahía de Banderas. A su vez, esto fue factor determinante para la baja en la producción agrícola.

Pero más importante quizá que todo esto combinado, es la pérdida y el abandono de la actividad ganadera. La ganadería, sabe usted, es un trabajo muy rudo, ahí no hay días de descanso, vacaciones, ni puentes.

Se lleva uno las hambreadas más infames que pueda usted imaginar. Por eso, a las nuevas generaciones no les interesa la actividad ganadera. Es más sencillo estar en una oficina que tiene aire acondicionado, con una linda secretaria, que andar bajo la lluvia oliendo el rabo de las vacas, desgusanando becerros, hundido hasta la rodilla en el lodo que forman los excrementos y orines de los animales,

¡No, eso no quieren los muchachos de ahora!

El charro

Pertenezco desde 1945 a la Asociación de Charros de Cocula. Pero para 1947 decidí, con la experiencia de allá, hacer aquí en la región mi propio grupo en el deporte de la charrería. Se fundó ese año la Asociación de Charros de Vallarta con la gente que tenía actividades relacionadas con la ganadería y los caballos. Fui el presidente fundador y me tocó gestionar la incorporación de la Asociación a la Federación de Charros de México.

Me divierto ahora acá en Mascota en un ranchito; voy a Vallarta a cada rato, se nos prende la loquera y arrancamos pa allá; aquí tengo unas cuantas vacas, no más de 400, sólo para la leche, para mantenerme activo en el campo, viendo los arroyos, respirando el aire fresco…

Me da miedo quedar tullido como un viejo de Vallarta que estaba podrido en dinero, pero que no hacía nada, nomás se la pasaba sentado contando sus centavos… si no salgo todos los días a ver mis animales, pienso que así voy a quedar…

Cuando quiera aprender cómo se forja una yunta, venga, ésta es su casa, yo le enseño todo el proceso, desde seleccionar los becerros hasta uncir los animales… todavía me acuerdo cómo se hace….

HASTA SIEMPRE DON MIGUEL IBARRÍA GONZÁLEZ, QEPD.



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